¿Por qué volver al boxeo?

¿Por qué volver a jugarte la cara en boxeo, o una articulación en jiu jitsu? ¿Por qué hacer cualquier cosa que implique incomodidad en el momento?

Hasta el día de hoy, no ha habido nadie a quien no le haya recomendado practicar algún tipo de deporte de contacto o arte marcial.

Independientemente de la edad, sexo, peso o estatura, aprender a pelear tiene a mi parecer tres beneficios básicos, de los que creo que el tercero se encuentra en muy pocas otras actividades:

  • Mejorar la condición física.
  • Redescubrir tus límites constantemente.
  • Aprender a desenvolverte en una situación de conflicto físico, o lo que es casi lo mismo, «aprender a defenderte.»

Es fácil imaginar que cualquiera que dedique su tiempo libre a pegarse con otros es alguien que disfruta el conflicto.

Aunque han habido personas con malas intenciones que intentan aprender, y es cierto que algunas efectivamente lo han conseguido, diría que son verdaderas excepciones las que se acercan al habitat que es un gimnasio donde se enseñan deportes de contacto, y no son repelidas o asimiladas, por el nuevo ecosistema del que forman parte.

Cuando un nuevo elemento se incorpora a una clase donde se aprende a imponer físicamente la voluntad propia sobre la de los otros, ocurre que de manera inconsciente, el nuevo alumno se replantea tarde o temprano la idea que tiene de sí mismo. Haya entrado con soberbia o inseguridad.

Aquel que entre tan seguro de sí mismo como para pretender nigunear a sus compañeros, por muy bien que se le dé la violencia, más pronto que tarde dará con alguien lo suficientemente formado como para plantarle cara. Un ejemplo de la victoria de técnica sobre naturaleza.

Si se permite exponerse a este conocimiento, que primero se siente en el cuerpo y se razona más adelante, asumirá un rol útil dentro del espacio de la clase, como otro engranaje de esta, dispuesto a aprender y a ser empático con los nuevos elementos que se incorporen a la clase y que aún no hayan desarrollado sus capacidades.

Por otra parte, si el individuo que se incorpora empieza con aversión a la confrontación física y una percepción de sí mismo como incompetente, es capaz de perseverar, llegará a un momento en el que al enfrentarse a un recién llegado verá en el otro los fallos que él mismo cometía, y normalmente, antes que desquitarse por todos los golpes recibidos por la inexperiencia, extenderá una mano para explicar dónde está el error.

Creo que hay pocos espacios donde el papel de alumno y maestro existen tan simultáneamente para la misma persona como una actividad donde los errores son tan evidentes, tanto para el que los observa como para el que los comete, y donde es tan importante para todos en el grupo mejorar como individuos, mientras al mismo tiempo necesitan tanto a sus compañeros para ello. Es un ambiente que obliga a exponerse constantemente ante uno mismo y ante los otros, y de donde surge por tanto, una camaradería excepcional.

«Lo que sé de la moral y los deberes de los hombres, se lo debo al deporte.»* – Albert Camus


De los deportes de contacto, también me parece muy interesante la capacidad de la gente para asumir el último nivel de conflicto, que es el físico: el más primitivo. Y que al mismo tiempo esté codificado para que ocurra bajo unas reglas acordadadas, de modo que ni la frustración ni el miedo surgidos de la violencia sean excusa para romperlas; mordiendo o usando movimientos ilegales. Un punto de encuentro entre las necesidades humanas de barbarie y orden.

La lucha, del tipo que sea, crea un compañerismo, una relación íntima en varias direcciones entre varias personas, que surge entre un grupo que decide conscientemente pasar por dificultades juntos, por lo que es un deporte de equipo que pone a prueba individualmente a sus miembros, porque lo aprendido se evalúa en un uno contra uno.

En el momento de pelear, aunque sea solo en entrenamiento, el conflicto no solo ocurre de dentro hacia afuera, tratando de imponer la energía y técnica propias a las del oponente, sino que además hay un conflicto interno que pasa por mantener la compostura, retirando la atención de los golpes recibidos o la falta de aire por el esfuerzo.

Si se dedica suficiente atención y tiempo a superar las pequeñas pruebas de la rutina de entrenar, se acabará por llegar a estos momentos donde la técnica pasa a ser parte del vocabulario del cuerpo y la fuerza su tono de voz. Momentos en los que el peso del cuerpo se apoya en la punta de los pies y uno se siente ligero, las manos están en alto y la cabeza gacha, con cada músculo listo para expandirse o contraerse según sea necesario para imponer la voluntad propia sobre la del otro.

Es en estos momentos que no se puede pensar en la escacez percibida en nuestro día a día de ciudad y metro, donde la mente nos inventa carencias que suplir, y que una vez satisfechas dan espacio inmediatamente a otras para roben nuestra atención.

Es en el condicionamiento y preparación para esos momentos cuando lo que es importante se pone en perspectiva y hay una autoevaluación, aunque no sea del todo consciente. Porque cuando eres capaz de soportar ese esfuerzo físico constante y de manera regular, y te resistes a las ganas de optar por el camino más cómodo es que te das cuenta de que las cargas de la rutina no son tan pesadas, el mundo fuera del gimnasio es mucho más suave de lo que parece, y que estás más sano y eres más afortunado de lo que crees.

«No estás deprimido, estás distraído.» – Facundo Cabral


 

*« Car, après beaucoup d’années où le monde m’a offert beaucoup de spectacles, ce que finalement je sais sur la morale et les obligations des hommes, c’est au sport que je le dois »

Mantén el contacto, esto es cosa de dos.
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